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Un genocidio de la memoria- Bernard Henri Levy

<p></p>El Sol de México 6 de enero de 2009 Escribo esto en memoria del renombrado periodista turco-armenio Hrant Dink, asesinado hace dos años, el 19 de enero de 2007, por sus comentarios acerca de la carnicerí­a de no menos de 1.5 millones de armenios por fuerzas otomanas durante la Primera Guerra Mundial... en memoria del horror de que los oficiales policí­acos que vigilaban al joven de 17 años sospechoso de asesinato, Ogun Samast, consideraron pertinente filmar un video en el que él aparece sosteniendo orgullosamente la bandera turca mientras ellos grababan para la posteridad su breve asociación con él... en solidaridad con el valeroso grupo de 200 escritores e intelectuales turcos que firmaron recientemente una petición en internet disculpándose por la matanza, arriesgando con ello su libertad en aras de mantener la presión sobre el Gobierno turco.">

Actos atroces como el asesinato de Dink continuarán. Continuarán en tanto Turquí­a, temerosa de perder prestigio y alarmada por la posibilidad de que pueda verse obligada a pagar indemnizaciones a los supervivientes y sus descendientes, persista en negar que el genocidio armenio ocurrió. Esta lucha continuará en tanto no haya leyes aprobadas para penalizar la negativa de que haya ocurrido un genocidio -y estas leyes son necesarias no sólo en Turquí­a, sino en todo el mundo.

Los crí­ticos quizá digan: «No corresponde a la ley escribir la historia». Eso es absurdo. La historia ha sido escrita cien veces. Los hechos han sido establecidos, y nuevas leyes protegerán de que esos hechos sean alterados.

En 1929, el estadista y escritor británico Winston Churchill escribió que los armenios eran ví­ctimas de genocidio, de una operación organizada de aniquilación sistemática. Los mismos turcos lo han admitido. En 1918, en los dí­as posteriores a la Primera Guerra Mundial, Mustafá Kemal -que poco después recibirí­a el tí­tulo honorí­fico de «Ataturk»- reconoció las matanzas perpetradas por el gobierno del Turco Joven.

Las leyes que ya están vigentes en muchos paí­ses con respecto a la negación del holocausto no tocan a los historiadores: para ellos, la cuestión de si la matanza de judí­os fue o no genocidio ha dejado de ser algo debatible. Lo que está en juego es impedir que tales crí­menes sean borrados de la memoria de nuestra sociedad.

Tomemos como ejemplo la ley Gayssot de Francia, que convierte en delito la negación de crí­menes contra la humanidad, y que hasta ahora sólo se ha aplicado a la negativa de que haya ocurrido el holocausto judí­o. Esta es una ley que frena a los polí­ticos marginales y extremistas que llevan a cabo un antisemitismo apenas disfrazado y pueden sentirse tentados a negar la realidad del holocausto. Esta es una ley que impide mascaradas como la del juicio del historiador David Irving en Londres, en 2000.

Irving presentó una demanda de libelo contra Deborah Lipstadt, autora de «Denying the Holocaust» («Negación del Holocausto»), quien lo habí­a calificado como un vocero de los que rechazan la realidad del holocausto. Aunque el juez dictaminó, con un lenguaje extremadamente fuerte, que Irving era, efectivamente, un negador del holocausto, Irving fue dejado en libertad ante la ausencia de leyes que pudieran penalizar este delito. Mientras tanto, periodistas de tabloides y locutores de noticieros sembraron confusión respecto de los puntos en debate y, en última instancia, atrajeron la atención popular a la obra de Irving, lo cual posiblemente haya sido la intención del historiador desde el principio.

«Los crí­ticos dirán: «Â¿Hasta dónde llegará la ley?», dado que técnicamente podrí­amos también extender la ley para incluir la negación de los crí­menes que tuvieron lugar durante la era colonial, la publicación de las caricaturas danesas del profeta Mahoma, e incluso el pecado de la blasfemia. ¿Debemos acaso prohibir la expresión de opiniones que no son un espejo de las nuestras? Eso es una trampa, por dos razones.

En primer lugar, la ley estarí­a enfocada especí­ficamente sobre el genocidio, una empresa criminal en gran escala en la cual, como dijo Hannah Arendt, alguien se arroga el derecho de decidir quién tiene el derecho y quién no lo tiene de habitar en esta Tierra. En segundo, los que niegan el genocidio no tienen sólo opiniones opuestas o no conformistas. Ellos niegan categóricamente que este crimen terrible siquiera haya ocurrido.

La lógica y patrón del crimen de genocidio fueron aclarados y refinados a lo largo del siglo XX, con la matanza de armenios como suceso seminal. Hitler se sintió impresionado, mejor dicho inspirado, por la magnitud del genocidio armenio. En agosto de 1939, unos cuantos dí­as antes de que invadiera Polonia, dijo a sus generales: «Â¿Quién habla todaví­a en estos tiempos de la exterminación de los armenios?».

Fue un disparo de prueba del genocidio. Fue la base para que los aliados utilizaran la frase «crí­menes contra la humanidad» en su declaración del 24 de mayo de 1915 relativa a la matanza de armenios «con la complicidad y ayuda de las autoridades otomanas». Fue una referencia para el jurista polaco Raphael Lemkin -quien acuñó el término «genocidio» y es el hombre que desarrolló nuestra comprensión de este crimen- cuando estaba incorporando la definición «genocidio» en la Convención sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio, de 1948.

He dedicado algún tiempo a examinar la literatura de los que han negado el genocidio de los armenios, que por cierto es notablemente similar a la literatura sobre la destrucción de los judí­os. Los mismos argumentos reduciendo al mí­nimo el número de muertes («de acuerdo, hubo algunas, pero no tantas como dicen») y la misma inversión de papeles en la misma forma que los que niegan el holocausto acusan a los judí­os de ser responsables por la guerra y por su propio martirio, sus equivalentes turcos aseguran que los armenios traicionaron a los otomanos al aliarse con los rusos, y con ello sellaron su propio destino.

Algunos quizá pregunten, «Â¿Acaso la verdad no puede defenderse por sí­ misma?». No, mucho me temo que no. Piense tan sólo que en 1942, Heinrich Himmler, el comandante en jefe de las SS, ordenó la formación del Sonderkommando 1005, cuya misión consistí­a en desenterrar a los muertos, incinerar los cuerpos y deshacerse de las cenizas. En una de sus memorias de los campos de concentración, Primo Levi recordó que los milicianos de la SS disfrutaban diciendo a sus prisioneros que, cuando la guerra hubiera terminado, no quedarí­a un solo judí­o para testificar y que si por casualidad uno de ellos sobreviví­a, ellos harí­an todo lo necesario para asegurarse de que su testimonio no fuera creí­do.

Una lógica similar impulsa a aquellos que proclaman a los armenios: «No, tus hermanos y hermanas no están muertos. Tus padres, abuelos y tatarabuelos no están muertos, como tú tan tontamente estás asegurando». Tales declaraciones traicionan el odio absoluto, insano que albergan, contra el cual la evidencia factual y el debate son vanos y la verdad es impotente.

Las leyes que prohí­ben que se niegue el holocausto son expresiones del hecho de que el genocidio, un crimen perfecto, no deja pistas. De hecho, la desaparición de esas huellas es la fase final del genocidio. Los que niegan el holocausto no están solamente expresando una opinión; están perpetrando un crimen.

(El nuevo libro de Bernard-Henri Levy, «Left in Dark Times: A Stand Against The New Barbarism» fue publicado en septiembre por Random House. Traducción de Héctor Shelley.)

The New York Times Syndicate.

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