Documentos Periodí­sticos Sobre el Genocidio Armenio

Aintab, 1920: de la resistencia a la dispersión

Por Pascual Ohanian

“…Todo indica que, por debajo de las apariencias, existí­a un subrepticio entendimiento entre los Aliados y Turquí­a. Los armenios carecí­an de toda significación para los primeros y eran odiados por los kemalistas. El antagonismo armenio-turco no tardarí­a en exteriorizarse. Los armenios decidieron oponer resistencia al plan destructor de los kemalistas. Si para los turcos destruir a Cilicia era una Guerra Santa, para los armenios defenderla significó la lucha por la libertad. Para los aintabtzí­ esta serí­a la última oportunidad: si Turquí­a demostrara una vez más desprecio hacia los armenios, serí­a preferible dispersarse por el mundo y donar sus vidas a paí­ses que los valoraran…”.

A comienzos del siglo XIX existí­a en Cilicia una serie de ciudades de numerosa población armenia, tales como Adaná, Marash, Hadjí­n, Zeitún, Mersí­n y Aintab. Gracias a su ubicación litoraleña y, por ende, su vinculación con el exterior, las ciudades de Cilicia eran centros importantes de comercio y producción artesanal. Las manufacturas de Marash y Aintab se distribuyeron en gran escala en Oriente y hasta llegaron a competir con ciudades europeas; Aintab estableció relaciones comerciales con Beirut, Esmirna, Constantinopla, Alejandreta y otras ciudades. Contaba en esa época con 2.300 negocios, 54 talleres de curtidurí­a y teñido, 5 fábricas de jabón, 3.800 máquinas industriales, más la producción familiar, cuyo volumen no era desdeñable.

aintab.jpgAdemás de esa actividad económica, Aintab era uno de los centros culturales más importantes de la armenidad occidental, con escuelas primarias, colegios secundarios, un instituto terciario e instituciones dedicadas a diversas manifestaciones de la vida intelectual. A comienzos de la Primera Guerra Mundial contaba con una población de 80.000 habitantes, de los cuales 36.000 eran armenios; entre las afueras de Aintab y las ciudades de Kilí­s, Antioquí­a, Alejandreta y Suedia-Kessab –que completaban el sandjak de Alepo-, habí­an otros 48.900 armenios más, es decir, un total de 84.900, sin contar la población de la ciudad de Alepo.

Durante las matanzas de 1895, y con el objeto de castigar a Zeitún por su resistencia al ataque, el gobierno turco concentró fuerzas militares que se dedicaron a la destrucción de casas y familias y al saqueo de bienes al pasar por Alepo, Marash y Aintab. Esta inveterada costumbre se repitió en 1909, cuando los Jóvenes Turcos destruyeron los barrios de Adaná y dieron muerte a 30.000 armenios: la ola de sangre se extendió por toda la región y alcanzó también a Aintab, lo cual obligó a organizar orfanatos para albergar a los niños que quedaron sin familia.

Llegó el fatí­dico año 1915. El 7 de abril fue publicada la orden de deportación contra los armenios de Zeitún. Quiero destacar esta importante fecha: la puesta en marcha del Genocidio comenzó en Zeitún, el 7 de abril de 1915. Los historiadores turcos arguyen que el “traslado” de los armenios fue consecuencia de la “pretendida” revolución de Van. La mecánica del Genocidio se puso en movimiento el 7 de abril, es decir trece dí­as antes de la autodefensa de Van, que empezó el 20 de abril. Cuando los vanetzí­ se resistieron a ser destruidos, ya los deportados de Zeitún habí­an llegado a los desiertos de Siria. Es decir, que la deportación genocida no tiene ninguna relación con los acontecimientos de Van. Es más: la autodefensa de Van es una consecuencia de las aterradoras noticias que de Zeitún fue la iniciadora llegaron a esa ciudad. La deportación de Zeitún fue la iniciadora; le siguieron las deportaciones letales de las otras ciudades de Cilicia, entre ellas de Aintab.

Hasta entonces Aintab habí­a mantenido relaciones con otras ciudades de la región, con Oriente en general y hasta con paí­ses extranjeros, como queda dicho. Los gobiernos turcos que se sucedieron después de la Primera Guerra Mundial dicen que el pueblo armenio preparaba una revolución para apoderarse de Turquí­a… Si hubiera existido tal preparación, no hubieran perdido un millón y medio de sus hijos. Nuestro pueblo no sospechó que la mente de los gobernantes turcos anidaba tamaña criminalidad; no se enteró del programa elaborado en la oscuridad y el silencio, no contaba con un servicio de espionaje; no tení­a armas; al estallar la guerra fueron interrumpidos sus ví­nculos de comunicación con el extranjero y hasta con otras ciudades de importante población armenia. ¿Qué clase de revolución era esa? ¿A quién pretenden convencer los gobiernos e intelectuales turcos con coartadas tan pueriles frente las cueles se oponen gigantescas construcciones documentales probatorios de lo contrario? Nuestros archivos de Armenia, Estados Unidos y Europa conservan recopilaciones de documentales corroborados por los existentes en Turquí­a. No necesitamos que Turquí­a “abra” sus archivos; mejor si lo hace. Pero aún si no los librara al conocimiento público o si deformara la verdad o destruyeran los que no les convienen, igualmente poseemos colecciones de diarios turcos, en cuyas columnas obran pruebas ineluctables del Genocidio, confesadas por los mismos periodistas turcos. Por más que los gobiernos turcos se esfuercen por disfrazar la realidad y por presentarse como justos como ví­ctimas, sus devaneos son estériles. Tendrí­an que destruir todo lo ingenuamente publicado después por ellos mismos, cuyos originales figuran en miles de archivos del mundo: estadí­sticas de producción agrí­cola, ganadera, de población de ciudades y del campo, de instrumentos de labranza y de talleres, todas pruebas indicarais que, armadas como un gran rompecabezas, permiten recomponer qué es lo que sucedió, con precisión casi milimétricas. Y de esas pruebas surge, notoria y públicamente, que el Estado turco es responsable de haber perpetuado el Genocidio de 1915 a 1923 contra el pueblo armenio y que, en consecuencia, es deudor de las obligaciones de restituir territorios e indemnizar daños. Pero sigamos con el tema de Aintab.

La deportación de Cilicia comprendió a niños, mujeres y ancianos; ya los soldados y demás varones habí­an sido separados y asesinados. Sin embargo, como los oficios y profesiones eran ejercidos por los armenios, los gobernadores turcos locales, temiendo la paralización de la vida en las ciudades, excluyeron de la deportación a las familias de los herreros, carpinteros, farmacéuticos, talabarteros y demás profesionales y artesanos; cuando el gobierno central se enteró de que decenas de miles de armenios se salvaban de ese modo de la matanza, montó en cólera, e inmediatamente llegaron a las provincias órdenes firmadas por Talaat, ministro del Interior, de que no debí­a excluirse a ningún armenio ni por edad, ni por sexo, ni por credo, ni por su investidura o actividad laboral. asdvadzadzin.jpgTodos, todos los armenios debí­an ir a la muerte. Por temor de que la jerarquí­a eclesiástica fuera un conducto por el cual los deportados conservaran alguna cohesión, el 28 de julio de 1916 el gobierno abolió los Patriarcados de Constantinopla y Jerusalem, y los Catolicosados de Cilicia y Ajtamar, y creó un cargo unificado de Católicos de Turquí­a y Patriarca e Jerusalén y Constantinopla y ordenó el traslado de la sede a Jerusalén, donde tornó inocua su labor pastoral.

Por si la tragedia fuera poca, trasladó a Aintab y a otras ciudades, miles de refugiados (mohadjir); estos turcos, incultos y de hábitos salvajes, se instalaron en las casas vací­as –que habí­an pertenecido a los armenios -; al llegar el invierno utilizaron las maderas de las paredes, pisos y techos como combustible, una vez desaparecido así­ su albergue, se mudaron a casas vecinas que sufrieron el mismo destino. Por esta causa, gran parte de Aintab quedó en ruinas.

Terminó la guerra y Turquí­a fue vencida. El 30 de octubre de 1918 suscribió con Gran Bretaña el tratado de redención en el acorazado “Agamenón”, surto en el pueblo de Mudrós, en la isla de Lemmos. Este tratado es una prueba más de los que las Potencias europeas pensaban acerca del pueblo armenio.

En primer lugar, divide el tratamiento de Armenia en tres categorí­as geográficas: el artí­culo 11 del tratado establece el retiro de las tropas turcas del Cáucaso pero exceptúa a Kars y Batum, lo cual implicaba el tácito reconocimiento del derecho de ocupación por causa de guerra. Tampoco restablece la frontera turco-rusa de 1914, pues el mapa polí­tico se habí­a transformado con le estallido de la revolución rusa de 1917 y los Aliados querí­an impedir el establecimiento de los soviéticos en el Cáucaso, al que deseaban utilizar como base de operaciones.

Armenia occidental es abandonada en manos de Turquí­a, teniendo en cuenta que, como consecuencia del Genocidio, era un territorio vaciado de armenios; y las ciudades de Cilicia, con importante población armenia formarí­an una región de ocupación transitoria y, materia de negociaciones a través de las cuales extraerí­an beneficios económico-territoriales. Dada la conducta de las fuerzas anglo-francesas y la escasa cantidad de tropas destinadas a Cilicia, se evidencia que el propósito final de los Aliados fue entregar también esa región al poder turco.

Entre enero y febrero de 1919, los aliados ocuparon Aintab; primero llegaron los ingleses, quienes cedieron su lugar a los franceses, pues según el acuerdo de Sykes-Picot, Cilicia era una región adjudicada a Francia. Además, Francia era la interesada en Cilicia: sus inversiones financieras en Turquí­a superaban en mucho más a las potencias y además era un mercado productor de materias primas con mano de obra barata; por la cláusula de la nación más favorecida podí­a obtener beneficios ingentes en la compra del algodón antes de la guerra; ahora con la derrota de Alemania –su mayor competidora en Turquí­a- ese interés renací­a acrecentando no solo con respecto al algodón, sino también en cuanto al trigo, tabaco, aceitunas, especias y semillas para la fabricación de esencias perfumadas y medicinales. Además estaba el interés polí­tico de Francia, así­ como el cultural, que servirí­a como medio de penetración. Terminada la guerra, Francia querí­a volver a establecer el mismo tipo de relación amigable con Turquí­a, el mismo aprovechamiento económico, la misma hegemoní­a polí­tica e idéntica penetración cultural. Es cierto que la situación habí­a cambiado algo y ahora era Gran Bretaña la potencia que ejercí­a la iniciativa y Francia debí­a seguirla en el alineamiento, ocupando el segundo lugar. Aunque igualmente le convení­a aprovecharse de las circunstancias y recibir su parte en el desmembramiento de Turquí­a. Es más, Gran Bretaña adelantó sus tropas y ocupó Cilicia antes que Francia; si hubiera sido posible, habrí­a hecho trizas el acuerdo Sykes-Picot y se habrí­a quedado con ese territorio, pero no le convení­a polí­ticamente engendrar un antagonismo con su principal aliado.

Los ingleses respondí­an a las ordenes del Gral. Allenby y ocuparon Kilí­s, Marash, Urfá y Aintab. A fines de 1919, estas fuerzas fueron sustituidas por las francesas. La ocupación de Cilicia por los Aliados permitió que una í­nfima parte de los armenios sobrevivientes del Genocidio regresara al terruño, en ejercicio del derecho que les reconocí­a el artí­culo 6 del anexo del Tratado de Mudrós. Al llegar a sus ciudades natales se encontraron con que sus casas, tierras, negocios, talleres y máquinas habí­an sido desapoderados por los turcos, si es que no habí­an sido destruidos totalmente. No les fue fácil reestablecerse: los armenios que regresaron a Aintab sumaban 10.000 más 8.000 deportados de Sivas, entre ellos muchos huérfanos.

Pero los aintabzí­, así­ como los armenios de otras ciudades de Cilicia, renovaron sus esperanzas y su confianza en las promesas de los franceses. Se formó la Unión Nacional Armenia, que asumió la conducción y la autoridad sobre los repatriados. Los franceses, en cambio, a pesar de ser vencedores, no impusieron su poderí­o y gravitación militar, con lo cual permitieron la gradual firmeza de los nacionalistas turcos que respondí­an al llamado de Mustafá Kemal. Todo indica que, por debajo de las apariencias, existí­a un subrepticio entendimiento entre los Aliados y Turquí­a. Los armenios carecí­an de toda significación para los primeros y eran odiados pos los kemalistas.

El antagonismo armenio-turco nos tardarí­a en exteriorizarse. Los armenios decidieron oponer resistencia al plan destructor de los kemalistas. Si para los turcos destruir a Cilicia era una Guerra Santa, para los armenios defenderla significó la lucha por la libertad. Para los aintabzí­ esta serí­a la última oportunidad: si Turquí­a demostrara una vez más desprecio hacia los armenios, serí­a preferible dispersarse por el mundo y donar sus vidas a paí­ses que las valoraran.

Aintab, 1920: de la resistencia a la dispersión

Fueron más de diez meses de resistencia tenaz y hábil. Resultado de la concordancia franco-turca es, en realidad, que el 15 de marzo de 1921 las tropas francesas abandonaron Aintab. Fue una muestra más de la invariable polí­tica que Europa occidental mantuvo hacia nosotros: habiendo acordado con Inglaterra que Aintab serí­a adjudicada a Francia –acuerdo deleznable -, ocupado el territorio con sus tropas, vencidos los kemalistas y controlada la ciudad, los franceses entregaron Aintab a los turcos. Los nuestros comprendieron que no podí­an quedarse en la ciudad a merced de los turcos cuando ya estos manifestaban que “reconstruirí­an las mezquitas con los cráneos de los armenios”.

En sus orí­genes, Aintab fue una fortaleza cuya primera fundación –según la tradición- data de la época de Cristo. Históricamente es citada por primera vez en el 640, en crónicas de la ocupación árabe. Se convirtió en poblado en el siglo X; en la época de las Cruzadas formo parte del condado de Edesia. En el año 1266, Hetum I, rey de Cilicia, intento conquistarla dos veces, sin lograrlo. En los siglos XIII y XIV estuvo bajo el centro de los sultanes de Egipto. Por fin, en 1516 fue ocupada por los turcos.

Entre los siglos XVIII Y XIX, la ciudad quedo dividida en dos partes, cada una de las cuales se desarrollo independientemente; en medio de ambas se formo un cordón de negocios, talleres y quintas, al que los turcos llamaban Uzun Charshi y los armenios Kots Shugá; a fines del siglo XIX, las dos partes se unieron, reconstituyendo una unidad urbana.

Como vimos en el articulo anterior, a comienzos del siglo XX, los 20.000 armenios de Aintab se dedicaban al comercio, oficios y artesaní­as tales como hilanderí­a, tejedurí­a y laboreo de la piedra. Además, estuvieron muy extendidas la metalurgia, la joyerí­a, el arte de la tintura y la estamperí­a. Fueron notables las confecciones con lana, la fabricación de cinturones y fajas de cintura, las carpetas, y sobre todo, el aseghnakordzutiun, es decir, el bordado crochet, tí­picamente armenio. Estos bordados se destinaban no solo a la decoración de interiores, sino también a su aplicación sobre ropas. Por intermedio de las misiones evangelistas y católicas, la producción de estos bordados fue exportada a piases de Europa y América, donde esas misiones tení­an sus sedes centrales.

La iglesia matriz de Aintab, dedicada a la Virgen, fue construida entre 1873 y 1893, bajo la dirección del arquitecto Sarkis Balian, perteneciente a esa familia armenia a la que Turquí­a debe la mayor parte de su riqueza arquitectónica.

Durante el siglo XVIII, las aldeas que circundaban a Aintab estaban pobladas en su totalidad por armenios; esta circunstancia alarmo a los sultanes, quienes trasladaron kurdos a la región para obligar a los armenios a hablar en turco por la fuerza; gracias a la acción de instituciones culturales armenias, a fines del siglo XIX los aintabtzí­ volvieron a utilizar el idioma armenio en el ámbito familiar. La capacidad productiva y cultural que los armenios exteriorizaron en Aintab fue aniquilada por los turcos, como veremos, después de la Primera Guerra Mundial.

El 19 de octubre de 1919, el coronel Bremond, siguiendo instrucciones del Alto Comisario Aliado, telegrafió a Kemal expresándole que las tropas francesas no ocuparí­an Gueoksu ni Azizié; esto aterrorizó a los circasianos, que en mayorí­a residí­an es esas localidades, pues temí­an el avance de los nacionalistas turcos. En respuesta a este despacho, Kemal, en un telegrama fechado el 30, manifiesta “en mérito a nuestra secular amistad con Francia” la esperanza de que los franceses cedan también Marash, Urfa y Aintab. En realidad Kemal no se conformarí­a con esas tres ciudades ni aceptarí­a la ocupación de ninguna porción del territorio turco; en consecuencia , ordenó a sus seguidores que reclamaran la restitución de la región y anularan toda oposición extraña , y designó a Kilich Ali como jefe de la zona Marash-Aintab, con instrucciones d enfrentar a los franceses. Las asambleas de los kemalistas pretendí­an que el lí­mite meridional de Turquí­a estuviera marcado por una lí­nea recta que uniera a Mosul con Alejandreta, es decir que Aintab quedara dentro de sus fronteras.

Ante la superioridad numérica de los turcos, el Teniente Coronel Andréa jefe local de las fuerzas francesas, pidió refuerzos al coronel Saint Marie con cuartel en Aintab, quien los citó para considerar la situación y después le aconsejó dirigirse a Adaná; por fin los refuerzos no llegaron.

Mientras tanto, Kemal desarrollaba una intensa ofensiva diplomática: firmó un acuerdo con Italia el 15 de marzo de 1920, según el cual los términos de la convención tripartita que asignaba zonas de influencia económica a Gran Bretaña, Francia e Italia, eran consideradas inaceptables y se establecí­an nuevos lí­mites, más favorables a Italia. Y además logró el compromiso de Rusia soviética de concederle un préstamo en dinero.

Ya vimos el doloroso destino que tuvo Marash. En Hadjin, los armenios hubieron podido arreglárselas por sí­ solos, sin ayuda de nadie; solo necesitaban armas y las pidieron a los franceses, quienes se las negaron.

No sorprende la conducta traidora de Francia: en una convención privada con Lloyd George, Clemenceau expresó que “los armenios son un pueblo peligroso como para mezclarse con él”, en especial porque pedí­a mucha ayuda en dinero y ofrecí­an poco provecho; que si querí­an podí­an tener una república o cualquier otra cosa, pero que no esperaran que Francia se ponga en gastos en beneficio de ellos. Cuando Lord Curzon advirtió que habí­a que impedir que los turcos cometieran nuevas masacres contra la población de Armenia, Clemenceau contestó que la dependencia financiera de los turcos hacia Europa servirí­a de suficiente freno para contenerlos.

Los repatriados armenios se habí­an establecido en su barrio, totalmente separados de los sectores turcos; la separación era más notoria pues en 1915 los turcos habí­an construido una plaza que serví­a de lí­mite a las dos zonas. Ante los rumores de un posible ataque turco y el antecedente de lo ocurrido en Marash, los aintabtzí­ decidieron organizarse para resistir el peligro: formaron cuerpos militares de aprovisionamiento, de arsenal, policiales, de obreros, de sanidad, judicial y otros. El barrio fue dividido en once sectores defensivos, cada uno con respectivos grupos armados. El mando general fue confiado al Cuerpo Militar Central, y en las acciones de defensa se destacaron Adur Levonian, A. Kalemkerian y Der Nersés kahaná Tavukdjian; las fuerzas armenias ascendí­an a 800 combatientes y se instalaron talleres de fabricación y reparación de armas.

El 1º de abril de 1920, una columna de soldados franceses abandonó Aintab rumbo a Kilis, inmejorable oportunidad de indefensión para el ataque kemalista, que se produjo sin mayores bajas en el flanco armenio. Dí­a y noche, en una carrera febril, los aintabtzí­ se dedicaron a acarrear piedras, cavar trincheras y levantar barricadas en torno al barrio armenio, mientras los turcos trabajaban a dos puntas: por un lado manifestaban deseosos de parlamentar y por el otro ocupaban posiciones en las mezquitas de Kozanlí­ y Sheij Djamí­, en Kurd Mahlesí­ y en el barrio de Sumaklí­.

Conscientes de la falacia turca, los armenios pasaron a la ofensiva: se apoderaron de las mezquitas de Kozanlí­ y Sheij Djamí­, del barrio de Ak lol, y de la calle Chinarlí­ Djami, y ocuparon el convento latino. La Unión Nacional desbarató los intentos de los turcos de inducir a los armenios a entregar las armas.

El 17 de abril llegó el coronel Normand, con una fuerza de más de 3.000 hombres; la energí­a de los turcos se deterioró y el 29 de mayo iniciaron conversaciones con los franceses. Como resultado de las mismas, éstas retiraron sus hombres de diversos puntos y trataron de convencer a los armenios de que hicieran lo propio con otras posiciones. Como el respaldo del ejército francés era indispensable, los aintabtzí­ accedieron a restituir algunos lugares ocupados ya demoler ciertas barricadas. Como las demandas del enemigo eran cada vez mayores, los armenios comenzaron a utilizar el argumento de su neutralidad en el conflicto franco-turco y a mantenerse firmes en sus posiciones. No tardó en revelarse la verdad de ambas partes: los turcos pasaron al ataque y los armenios volvieron a erigir sus defensas y a mostrar su poderí­o. Mientras ganaban tiempo en tratativas diplomáticas, habí­an estado fabricando un cañón al que bautizaron Vresh (Venganza), cuyo atronar sorprendió tanto a turcos como a franceses.

El 13 de agosto, el teniente coronel Andréa inició el bombardeo del barrio turco y el 17 se acuarteló en el convento latino. Para el 16, la lucha se habí­a generalizado y los armenios defendí­an no solo sus posiciones, sino también la de los galos.

En parí­s se manejaban con otros intereses: en la Cámara de Diputados se observaba la acción subterránea de los agentes; mientras el representante Ernest Lafon afirmaba que la posición de Cilicia era un derecho de guerra de Francia, Daladier manifestaba que los turcos eran patriotas que defendí­an su paí­s de la ocupación extranjera, y Briand sostení­a que Francia estaba allí­ presente “para salvar de masacre a los armenios repatriados”.

En el otoño de 1920 llegaron más tropas francesas hasta totalizar 12.000 hombres. La lucha continúo y los turcos fueron contenidos hasta llegar las bajas temperaturas: del 10 al 30 de diciembre la situación se agravó; si bien los turcos consiguieron apoderarse del colegio norteamericano, que era utilizado como cuartel por el Estado Mayor francés, la inclemencia del invierno y la disminución de las reservas de provisiones y pertrechos de los turcos mimaron su capacidad de resistencia. Además, los franceses seguí­an recibiendo nuevos refuerzos. Los turcos habí­an trasladado 15.000 hombres desde Marash para intentar un último ataque el 31 de diciembre, pero todo fue inútil, pues los franceses consiguieron interrumpir las comunicaciones entre la ruta de Rum Kalé, por sonde vení­an los refuerzos, y Aintab. El hambre y el frí­o diezmaron a los musulmanes, y Euz Demir, jefe de los turcos, resolvió sondear a los franceses para conocer las condiciones de una eventual capitulación. Las partes pactaron una tregua del 6 al 7 de febrero de 1921, y el 8 los turcos se rindieron. La autodefensa de Aintab, que habí­a comenzado el 1º de abril de 1920 –hace 85 años- concluyó el 8 de febrero de 1921. La rendición fue firmada por seis delegados turcos enviados por el gobierno provisorio kemalista; estos enviados reconocieron que tanto el muttessarif Sabri bey como el comandante Euz Demir se habí­an puesto a la fuga.

Fueron más de diez meses de resistencia tenaz y hábil. Resultado de la concordancia franco-turca es, en realidad, que el 15 de marzo de 1921 las tropas francesas abandonaron Aintab. Fue una muestra más de la invariable polí­tica que Europa occidental mantuvo hacia nosotros: habiendo acordado con Inglaterra que Aintab serí­a adjudicada a Francia –acuerdo deleznable -, ocupado el territorio con sus tropas, vencidos los kemalistas y controlada la ciudad, los franceses entregaron Aintab a los turcos. Los nuestros comprendieron que no podí­an quedarse en la ciudad a merced de los turcos cuando ya estos manifestaban que “reconstruirí­an las mezquitas con los cráneos de los armenios”.

Hubo una retirada masiva primero y, en la primavera de 1921, se inició el último éxodo de los aintabtzí­ y su atomización por el mundo hacia la gran Diáspora.

Para terminar, agreguemos que, el 30 de mayo de 1921, Turquí­a firmó el armisticio con los franceses. Tres dí­as antes, Kemal entregó a la prensa turca una declaración que contení­a su proyecto de acuerdo de paz. En dicho texto proponí­a que los franceses se retiraran con sus armas a la lí­nea Adaná-Mersí­n; que los turcos se reservaban el derecho de imponer las condiciones para el vaciamiento de Bozanti, Sis y Aintab. Más que la solicitud de un gobierno derrotado, parecí­a la soberbia imposición de una potencia victoriosa; la orgullosa Francia, por interés, aceptó la afrenta. El 20 de octubre de ese año, se firmó el acuerdo de “Franklin-Bouillon” o acuerdo de Ankara, entre Francia y Turquí­a. Francia se obligó a retirar sus tropas de Cilicia, con excepción de Alejandreta, y a respetar la autonomí­a cultural de la población turca en dicho sandjak; por su parte, Turquí­a reconoció concesiones a Francia sobre sectores del ferrocarril de Bagdad. Este acuerdo fue un espaldarazo diplomático a favor de Mustafá Kemal al reconocerlo como legí­timo gobierno de Turquí­a. Este triunfo de los kemalistas significó, como efecto colateral, el sometimiento de su paí­s al alineamiento Aliado, en contra de Rusia.
Fuente:Edición Especial Diario Armenia 90° Aniversario del Genocidio Armenio

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