Documentos Periodí­sticos Sobre el Genocidio Armenio

La heroica autodefensa de Hadjí­n

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“…Unos 8.000 hadjintzí­, que milagrosamente habí­an sobrevivido, retornaron a su tierra natal sin que en sus sueños de vivir y trabajar en paz se cruzara la más remota señal de que serí­an los protagonistas de una excepcional y fantástica lucha por su autodefensa. Durante ocho meses, abstraí­dos totalmente de toda comunicación con el exterior, en medio de lejanas montañas, debieron sostener la batalla decisiva entre morir como gusanos o pasar a la historia del heroí­smo patriótico como ejemplo de un pueblo que prefirió la muerte antes que el sometimiento humillante y ofensivo que quiso imponerle Turquí­a”.

Mi familia es oriunda de Cicilia, mi madre de Marash, papá de Sis; están frescas en mi memoria, aquella foto del tí­o Krikor Dumanian, hadjintzí­, vestido de legionario y la sonrisa contagiosa del tí­o Aram (Harcám) Dumanian, autor de Alborada Armenia, un libro de poesí­as publicado en 1936 y dedicado a su madre. En la ofrenda escribe: “Obsequio a tu memoria, madre mí­a, sólo a ti dedicado, al singular poema que quedará por siempre intocable, esculpido exclusivamente dentro de mi alma…”
Es por eso que cuando concluyó la conversación telefónica que me invitaba al madagh, (1) resolví­ estos escribir estos artí­culos sobre la heroica autodefensa de Hadjí­n o Harcán, ciudad enclavada sobre un triedro montañoso de Cicilia, a unos diez kilómetros del arroyo Kiogsu, afluente del rí­o Saros. Aún se conservan allí­ las ruinas de la fortaleza romana que data del siglo I a. C. Hadjí­n perteneció sucesivamente a los imperios romano, bizatino y en los siglos XII y XIV al reino armenio de Cicilia. Fue habitada desde la antigí¼edad por armenios, quienes en el siglo XI construyeron el convento de San Hagop, aún de pie. Después de la caí­da del reino, en 1375, muchos armenios se radicaron en Hadjí­n. La ciudad cayó bajo el dominio de los turcos en el siglo XV.
En 1915, Hadjí­n contaba con seis iglesias, la más antigua la de la Santí­sima Virgen, en cada una de las cuales funcionaba una escuela, siendo la más destacada la de Sahag-Mesrobiana y el mencionado convento de San Hagop con sección de pupilos. La población de Hadjí­n era de 52.000 personas, de las cuales sólo 31.000 eran turcas y tan asimiladas que hablaban el dialecto local (hadjino lezí­).
En una carta ala Gran Visir Saí­d Halim, fechada el 13 de mayo de 1915, Talaat, ministro del interior de Turquí­a, expresa que a un requerimiento del Ministro de Guerra ha decretado la deportación de los armenios de Cicilia, incluyendo a Hadjí­n. Avní­ bey, comandante de la gendarmerí­a de Adaná, llegó a Hadjí­n y exigió la rendición de los guerrilleros armenios que habí­an determinado asumir la autodefensa de la ciudad. Fue la primera señal de que el gobierno buscaba pretextos para justificar un baño de sangre. Registraron las casas en busca de armas, recolectándose tan sólo 65 fusibles, armas comunes de caza en una zona montañosa. En junio llegaron a la ciudad dos regimientos del ejército al mando de un tal Ghalib bey. Encarcelaron a los armenios más destacados y los presentaron ante la Corte Marcial. El 3 de junio, las familias acomodadas y mil personas de situación holgada fueron las primeras en ser deportadas, lo cual fue confirmado por Jackson y por W. Stanley Hollis, cónsules de los Estados Unidos en Alepo y Beirut respectivamente, quienes a comienzos de junio informaron que por Alepo habí­an pasado, a pie, contingentes de 300 a 500 de armenios –ancianos, mujeres y niños- fuertemente escoltados de Marash, Zeitún, Hadjí­n y otras localidades. Los de Hadjí­n y Deurt Iol fueron tratados más violentamente tanto en el proceso de desapoderamiento de los bienes como en el camino. Tras la partida de este primer grupo siguieron otros periódicamente, hasta alcanzar el número de 21.000 personas; las casa vaciadas fueron ocupadas por turcos. La mayor parte de los deportados tuvo que sufrir privaciones por no habérseles permitido llevar consigo bienes de valor. El tifus diezmó las caravanas y el gobierno ordenó arrojar los cadáveres y aún los enfermos con vida en fosas colectivas a lo largo de las rutas. El frí­o intenso y las nevadas hicieron que muchos deportados cayeran extenuados y ateridos, quedando sus cuerpos sepultados por la nieve. La marcha duró de cinco a seis meses hasta ser dispersados en aldeas de Siria. Un memorándum de la FRA dirigido al American Comitee for Armenian and Syrian Relief dice: “Los armenios de Hadjí­n ya no son reconocibles como consecuencia de sus doce dí­as de viaje”. Los que pudieron llegar a Alepo y Damasco y no fueron reenviados al desierto, sobrevivieron al Genocidio hasta el armisticio. El resto, integrado en las caravanas que llegaban de otros puntos de Cilicia rumbo a Deir-el-Zor, murió masacrado. Hasta el fin de la guerra, contingentes de condenados a muerte procedentes de Alepo fueron conducidos a Hadjí­n y Sis para ser exterminados en la montaña.
Un informe publicado en Sonnenaufgang, órgano de la Deutsche Hilfsbund fí¼r Christliches Liebeswerk im Orient, fechado en octubre de 1915, expresa, refiriéndose a los reenviados de Alepo hacia el desierto: “…Los hicieron salir en caravanas hacia el desierto con el pretexto de establecerlos allí­. En la aldea de Tell Ermen (junto a la lí­nea de ferrocarril de Bagdad, cerca de Mosul) y en las aldeas vecinas, fueron masacradas más de 5.000 personas, quedando sólo unas pocas mujeres y niños. La gente fue arrojada viva en abismos o al fuego. Alegan que los armenios serán empleados en colonizar las tierras ubicadas de 24 a 30 kilómetros de distancia del ferrocarril de Bagdad. Pero como sólo fueron enviados al exilio las mujeres y los niños, esto no significa nada menos que el asesinato total de las familias, pues no tienen ni para el trabajo ni para el capital para el mejoramiento del territorio… Durante un mes se vieron todos los dí­as, cadáveres flotando rí­o abajo en el Eufrates, a menudo agrupados en dos a seis cuerpos atados unos a otros. Los cadáveres masculinos están, en muchos casos, horriblemente mutilados (los órganos sexuales cortados y otras formas), los femeninos, eventrados” (3).
Terminó la guerra y Turquí­a fue vencida. El 30 de octubre de 1918 suscribió con Gran Bretaña el tratado de rendición en el acorazado “Agamenón”, surto en el pueblo de Mudrós, en la isla de Lemnos. Este tratado es una prueba más de lo que las Potencias europeas pensaban acerca del pueblo armenio. En primer lugar divide el tratamiento de Armenia en tres categorí­as geográficas: el artí­culo 11 del tratado establece el retiro de las tropas turcas del Cáucaso pero exceptúa a Kars y Batum, lo cual indicaba el táctico reconocimiento del derecho de ocupación por causa de guerra. Tampoco restablece la frontera ruso-turca de 1914 pues el mapa polí­tico se habí­a transformado con el estallido de la revolución rusa de 1917 y los Aliados querí­an impedir el establecimiento de los soviéticos en el Cáucaso, al que deseaban utilizar como base de operaciones.
Armenia occidental fue abandonada en manos de Turquí­a teniendo en cuenta que, como consecuencia del Genocidio, era un vasto territorio vaciado de armenios; y las ciudades de Cicilia con importante población armenia formarí­an una región de ocupación transitoria y materia de negociaciones a través de las cuales se extraerí­an beneficios económicos-territoriales. La escasa cantidad de tropas aliadas destinadas a Cicilia, evidencia el propósito final de entregar esa región al gobierno turco.
Cicilia fue adjudicada a Francia, cuyas inversiones financieras en Turquí­a superaban a las de las demás Potencias; además era un mercado productor de materias primas con mano de obra barata; por la cláusula de la nación más favorecida podí­a obtener beneficios ingentes en la compra del algodón antes de la guerra; ahora, con la derrota de Alemania –su mayor competidora en Turquí­a- ese interés crecí­a acrecentado no sólo con respecto al algodón sino también en cuanto al trigo, tabaco, aceitunas, semillas y especias para la fabricación de esencias perfumadas y medicinales. Además estaba el interés polí­tico de Francia así­ como el cultural, que servirí­a como medio de penetración. Terminada la guerra, Francia, querí­a volver a establecer el mismo tipo de relación amigable con Turquí­a, el mismo aprovechamiento económico, la misma hegemoní­a polí­tica e idéntica penetración cultural.
Ya vimos el doloroso destino que tuvieron Marash y Aintab (1). En Hadjí­n, los armenios hubieran podido arreglárselas por sí­ solos, sin ayuda de nadie; solo necesitaban armas. Como resultado de las conversaciones diplomáticas, Turquí­a consiguió que Francia aceptara retirar sus tropas de Cilicia. Inmediatamente los turcos ocuparon Urfa, Aintab, Marash, Sis y aniquilaron la población armenia.
Los hadjintzí­ percibieron el peligro que se cerní­a sobre ellos; su principal dirigente, el abogado Garabed Chalian, consiguió organizar un Consejo Superior de Autodefensa de Hadjí­n, presidido por el arachnort o primado Monseñor Bedrós Saradjian. Sarkis Djbedjian, ex militar al servicio del general Antranik, fue designado comandante de la defensa y Aram Terzian su lugarteniente. Se formaron cuatro brigadas comandadas por G. Oghulukian, Mesrob Shekerdemian, Mgrdich Manaseian y Vahán Altunian; además se fundó la Cruz Roja (Garmir Jach) y otros cuerpos de cooperación, así­ como un escuadrón de 60 jinetes al bando de B. Terzian. Los varones de 16 a 50 años fueron movilizados, con lo cual se enrolaron 1.200 soldados a quienes les distribuyeron 132 fusiles; más tarde consiguieron 300 fusiles más y 200 bombas.
Hadjí­n fue dividida en cuatro sectores defensivos: Idj-Oluk, Donuz Seki, Gueoinik y Chalghan; pronto se cavaron trincheras y construyeron barricadas y posiciones amuralladas. Se decretó el toque de queda después de las 22 y fueron fortificados los cruces de caminos alrededor de la ciudad. Los representantes militares de Francia, capitán Taillardat y coronel Bremond, prometieron armas y pertrechos a los defensores de Hadjí­n y con hipocresí­a sólo les proveyeron unos pocos fusibles, mientras pasaban información a los turcos acerca de las operaciones de autodefensa armenia.
Por su parte, los turcos iniciaron una campaña psicológica para soliviantar a su gente y a los kurdos contra los hadjintzí­. Piquetes armados turcos ocuparon las montañas y bosques que rodeaban la ciudad, establecieron un bloqueo de toda comunicación con el exterior y dieron muerte a los emisarios armenios.
El 5 de marzo de 1920 se desarrolló el desfile militar de los defensores de Hadjí­n y las cuatro brigadas ocuparon sus posiciones bélicas. Los turcos atacaron las aldeas que rodeaban a Hadjí­n y el 9 de marzo, los armenios enviaron una nueva delegación para entrevistar al coronel Bremond para gestionar ayuda y armas. El oficial francés contestó que su gobierno no estaba en condiciones de cooperar con los armenios, mientras los turcos asesinaban a los aldeanos armenios de las vecindades. No sorprende la actitud traidora de Francia: en una conversación privada con Lloyd George, Clemenceau expresó que “los armenios son un pueblo peligroso como para mezclarse con él”, en especial porque pide mucha ayuda en dinero y ofrece poco provecho; que si querí­an podí­an tener una república o cualquier otra cosa, pero que no esperaran que Frnacia se ponga en gastos en beneficio de ellos. Cuando Lord Curzon advirtió que habí­a que impedir que los turcos cometieran nuevas masacres contra la población de Armenia, Clemenceau contestó que la dependencia financiera de los turcos hacia Europa servirí­a de suficiente freno para contenerlos.
Mientras tanto, en Parí­s manejaban otros intereses: en la Cámara de Diputados se observa la acción subterránea del lobby turco; mientras el representante Ernest Lafon afirmaba que la posición de Cilicia era un derecho de guerra de Francia y Briand sostení­a que Francia estaba allí­ presente “para salvar de masacres a los armenios repatriados”, Daladier manifestaba que los turcos eran patriotas que defendí­an su paí­s de la ocupación extranjera.
Allanando su camino como consecuencia de la negativa francesa de ayudar Hadjí­n, los turcos, después de ocupar las aldeas aledañas y de masacrar a sus pobladores, iniciaron la marcha hacia la ciudad. El 12 de marzo, el comandante kemalista de las tropas de Cicilia declaró que su objetivo era alejar a los franceses y que los armenios serí­an aplastados solo en el caso de resistirse y agregaron con sarcasmo que habí­an sido los franceses quienes proveyeron de armas a Mustafá Kemal. El 17 de marzo, Kozan Oghlú Toghan bey, comandante de las fuerzas turcas envió un ultimátum al mando defensivo hadjintzí­ en el cual intimó la entrega del primer grupo de voluntarios que se hallaba en la ciudad, 1.000 fusiles con sus cartuchos y, como garantí­a de paz, el enví­o de tres emisarios.
Los hadjintzí­ percibieron la táctica de Toghan bey y rechazaron el ultimátum. El 1º de abril los turcos reiniciaron el ataque y dos dí­as después el asedio era casi total aunque su ofensiva no lograba alcanzar la rendición. El dí­a 10 se lanzaron sobre el barrio Gopush y el 12 invadieron el barrio Guiliguiá y avanzaron hacia el convento de San Hagop. Después un intenso cañoneo consiguieron abrir una brecha y posteriormente ocupar el monasterio; la pérdida de esta decisoria posición no implicó, sin embrago, el enervamiento de las fuerzas defensivas de la ciudad: la resistencia continuó. Los enfrentamiento fueron, en lo sucesivo, casa por casa, cuerpo a cuerpo. Con espectacularidad cinematográfica, los hadjintzí­ rechazaron los intentos kemalistas del 30 de abril, 20 al 23 de mayo, 8 y 9 de junio, el 25 de este mes, y del 12 y 13 de julio. El mando turco no llegaba a comprender de dónde extraí­an fuerzas los armenios, y a calcular las pérdidas que la media luna estaba sufriendo; es así­ que en julio, Toghan bey hizo una tentativa de lograr por ví­a de negociaciones lo que las fuerza de las armas no estaba consiguiendo, pero todo fue inútil pues lo hadjintzí­ prefirieron seguir la lucha hasta el fin, con victoria o sin ella. En el medio dirigente armenio se propuso el proyecto de que Aram Terzian (Gaidzag, rayo) con 200 voluntarios, se infiltrara a través de las lí­neas enemigas y aniquilara a los hombres de una posición turca que utilizaba el poder destructivo de un gran cañón. Esta operación comenzó en una reunión convocada en la sacristí­a del semidestruí­do convento de la Santí­sima Virgen (Surp Asdvadzadí­n), convertida en un improvisado cuartel general; allí­ estaba, postrado por las heridas recibidas, Sarkis Djebedjian. Rodearon su lecho Aram Gaidzag, quien asumió el comando general en reemplazo de Djebedjian, Arshag Sahakian, M. Manaseian, V. Atunian, Zaniel Torozian, M. Shekerdemian, Guiragós Der Guiragosian, V. Kuyumdjian, Ghará Djehennem, Kaspar Vahedjian, Ghazar Kerbeyekian, G. Terzian, Vartevar Iezekelian, Asadur Satchian, A. Adziladzian, Ghassab Hadjí­, Vartevar Mutafian , Antranik Caian, Manasé Euredjian, Taniel Seghvenian, Vartán Djeredjian, H. Drtadian, A. Kirkiasharian, M. Manisadjian, D. Djierian, H. Chaidjian, R. Iergatakordzian, Kh. Dumanian (2). En aquella reunión se resolvió la operación comando; los hombres vestirí­an uniformes del ejército francés y se comunicarí­an entre sí­ en francés o utilizando palabras en este idioma. En la oscuridad nocturna atacarí­an al enemigo por la retaguardia. Como no habí­a uniformes suficientes para vestir 200 hombres, con hierbas se tiñeron telas color verde oliva y se confeccionaron uniformes y gorras. La columna del centro, comandada por Aram Gaizag, atacarí­a el cerro Donuz Sekí­, donde estaba emplazado el cañón, con la mitad de los hombres; Nazaret Euredjian y Ghará Djehennem, con 50 soldados cada uno, se abrirí­an en una operación de pinzas y ocuparí­an los llanos de Guelig y San Sarkis. Al anochecer del 3 de agosto se pusieron en marcha bajo una persistente lluvia y permanecieron en unas cuevas, desde las cuales pudieron estudiar los movimientos del enemigo. Estaban a 2000 metros de altura sobre Hadjí­n, desde donde Sarkis Djebedjian lanzó una luz de bengala que señaló el comienzo sincronizado del ataque. Los turcos, creyendo haber sido traicionados por los franceses, se pusieron en fuga. El pueblo, al enterarse del éxito de la operación, escaló las laderas del Donuz Serkí­ mientras las campanas de las iglesias echaban a vuelo, y trasladó a la ciudad ví­veres, armas, pertrechos, medicamentos y documentación militar pertenecientes a los turcos. No fue posible trasladar el enorme cañón turco por lo cual debió ser arrojado por la pendiente hasta que cayó en las aguas del Chataj; al dí­a siguiente, centenares de hombres y mujeres los extrajeron y lo emplazaron en la plaza central de Hadjí­n, a la entrada de la iglesia de San Asdvadzadzí­n, desde donde empezaron a cañonar al enemigo, y le provocaron serias pérdidas. El 20 de septiembre, los hadjintzí­ recuperaron la aldea Rumlú: sin embargo, la situación de los defensores se fue tornando más desesperanzada dí­a a dí­a pues los turcos recibieron le aporte de tropas frescas, ametralladoras y gran cantidad de balas y municiones y comenzaron a estrechar el cerco. Mustfá Kemal ordenó que el 14 de octubre sus hombres reiniciaran la ofensiva final; con su superioridad en armas de artillerí­a, el enemigo fue destruyendo casas y posiciones defensivas, en las cuales cayeron centenares de bravos hadjintzí­.
El 15 de octubre, los soldados kemalistas, ocuparon Hadjí­n y la convirtieron en un ejército nerónico mientras 6.000 de sus habitantes encontraban la muerte, sin discriminación de niños, mujeres, ancianos ni enfermos. Sólo 350 personas pudieron eludir el asedio y salvarse. Así­ cayó Hadjí­n: luchando.
El 30 de mayo de 1921 Turquí­a firmó el armisticio con los franceses. Tres dí­an antes, Kemal entregó a la prensa turca una declaración que contení­a su proyecto de acuerdo de paz. En dicho texto proponí­a que los franceses se retiraran con sus armas a la lí­nea Adaná-Mersin; que los turcos se reservaban el derecho de imponer las condiciones para el vaciamiento de Bozanti, Sis y Aintab. Más que la solicitud de un gobierno derrotado en la guerra, parecí­a la soberbia imposición de una potencia victoriosa. La orgullosa Francia, por interés, acepto la afrenta. El 20 de octubre de 1921 se firmó el acuerdo de “Franklin-Bouillon” o acuerdo de Ankara, entre Francia y Turquí­a. Francia se obligó a retirar sus tropas de Cilicia con excepción de Alejandra y a respetar la autonomí­a cultural de la población turca en dicho sandjak. Por su parte, Turquí­a reconoció concesiones a Francia sobre sectores del ferrocarril de Bagdad. Este acuerdo fue un espaldarazo diplomático a favor de Mustafá Kemal al reconocerlo como legí­timo gobierno de Turquí­a. Este triunfo de los kemalista significó, como efecto colateral, el sometimiento de su paí­s al alineamiento aliado, en contra de Rusia.
Al cumplirse noventa años de su viril resistencia, el pueblo armenio todo se inclina con veneración ante la memoria de aquellas antorchas vivas de Hadjí­n, que lo iluminan en su marcha sin descanso hacia la perduración a través de los siglos. Quiero yo también rendir mi homenaje personal con los versos de Harcan Dumanian en su poema Hadjí­n:
“A ti, magní­fica heroní­a-madre de
los siglos y las glorias,
a tu victoria azul-celeste frente
coronada de laureles,
fuego de mi sueño galoneado de oro
y del iris del damasco,
Héme aquí­, a ti te ofrendo…”

Fuente:Edicion Especial 90° Aniversario del Genocidio Armenio

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